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cuando somos espectadores tan solo debemos pararnos y dejarnos llevar por nuestras emociones, como artistas, trabajamos con la razón para que el espectador de esa pantalla gigante y muy viva, tan solo se preocupe de sentir. El escaparatista, conocedor del mecanismo de las emociones en la mente, trabaja racionalmente para hacer llegar una emoción u otra a quien está al otro lado.
Un mecanismo en el que la palabra como tal no existe, el escaparatismo, si lo consideramos arte visual, posee un código de comunicación artística y, por tanto, contiene una gramática interna, un lenguaje que, bien estructurado y asentado, a la vez que internamente relacionado tiene una fuerza emocional-comunicativa-creativa inmensa.

Estos “nuevos artistas” reconducen al público. Como si de un zapping urbano se tratara, un espectador mira, mira, mira; mira aquí y allá, y de pronto, algo brilla con una luz distinta, diferente a lo demás.
Con el escaparate se abre el telón, en la tienda comienza la función. Y, casi sin darse cuenta, ese espectador de entre todo el público viandante pasa a ser parte activa de la obra que se anunciaba en la calle, una experiencia en primera persona en la que le han dado un papel principal.
El ahora protagonista de esta historia sigue un camino en el que conjugará todos sus sentidos: olerá, tocará, oirá, degustará y, lo más importante, mirará, mirará, mirará sin cesar. Encandilado por formas y colores disfrutará individualmente o en compañía de esta velada de espectáculo pero se sentirá único.
Cuando se apague la luz, cuando se acabe el espectáculo, tan solo le quedará lo que haya vivido.

Hablamos pues de espacio efímero, efímero como la vida misma. Vivimos muchas cosas todos los días, pero solo recordaremos aquello que haya conectado con nosotros, la preciosidad de lo efímero nos deja algo que nos puede durar toda la vida. Hacer que ese espectáculo, esa imagen, siga vivo en el recuerdo de quien la ve es un regalo para el que lo entrega.